martes, 13 de octubre de 2015

Un museo de momias y fetos

Una casa repleta de fetos amorfos y miembros mutilados hace parte de lo último que queda de una época en la que el general Gustavo Rojas Pinilla y el poeta León de Greiff habitaron el prestigioso barrio Santa Fe. Una casa de fachada blanca, impoluta, que reluce entre la estampa percudida de una calle del que hoy es el barrio de las prostitutas, las plazas de droga y la indigencia en el centro de Bogotá. Una casa oscura, fría como tumba. Una ironía.
Una ironía porque su propietaria, Melba León, les da cátedra sobre la letalidad de las drogas a decenas de adolescentes que visitan el museo, y mientras lo hace, un transeúnte sereno suelta una bocanada que se filtra por las ventanas e inunda el lugar de humo de marihuana. “Monita, ¿qué es lo que usted habla acá? ¿Verdad que es de la droga?”, le pregunta un hombre de piel sucia y ropas raídas de tanta calle. Melba, impecable en su atuendo, desde el otro lado de la reja le contesta que sí.
Una ironía porque en una de sus paredes está pegado un texto titulado “Al que casi fue mi padre”, un reclamo de ficción a su progenitor “escrito” por un hijo no nacido, que se suma a las charlas contra el aborto que adentro reciben las colegialas. Y mientras tanto, afuera, mujeres trasnochadas, cansadas, transitan del prostíbulo a las pensiones que habitan.
Decenas de fetos con malformaciones producidas por relaciones incestuosas, el consumo de drogas, la radiación. No nacidos con extremidades cortas, cabezas gigantes, colas, órganos que nacen donde naturalmente no deben nacer. Esa es parte de la exposición que aloja el lugar.
La pieza con la que se inauguró la colección de momificaciones hechas por el doctor Alfredo León, que hoy cuenta con 225 piezas de tejidos humanos, fue la mano de una mujer que conserva impecable el color rosado en las uñas con el que la difunta se hizo el que resultaría su último manicure, hace casi medio siglo. La inauguración coincidió con los últimos años de esplendor de Santa Fe. Empezaban los 70 y el doctor León decidió exponer allí su legado mientras las élites abandonaban el barrio como al barco que naufraga.
Hacia mediados del siglo XX, el Santa Fe aún lo habitaban gente acomodada y extranjeros que habían huido de las guerras que consumían a Europa. Pero su vocación residencial empezó a transformarse. La cercanía del Cementerio Central hizo que el sector fuera propicio para que se abrieran marmolerías, floristerías y cantinas en las que, en medio de las copas, los dolientes lloraban a su muerto después del entierro.
La ubicación céntrica del barrio lo convirtió en una zona de acogida para personas que llegaban de todo el país, muchas de ellas buscando refugiarse de la violencia que vivían sus regiones. Se abrieron residencias para recibir a los visitantes de paso. Las élites, espantadas por el nuevo panorama, empezaron su correría hacia el norte, mientras el Museo del Ser Humano se establecía allí para nunca irse, aunque la falta de financiación tiene en entredicho su futuro.
La colección se expuso en la que entonces era la casa del doctor, de donde no se ha movido desde 1973. Un lugar en donde hace un frío sepulcral, las luces titilan todo el tiempo y los bombillos se funden con facilidad. Incluso, cuenta Melba León, hija del doctor y curadora del museo, a veces asustan, y las cámaras se dañan cuando apuntan a las momias, según dice, porque los químicos con los que se conservan los restos generan un campo electromagnético que afecta los aparatos electrónicos.
En 2002 el barrio fue declarado zona de tolerancia. Así se consumó su transformación. El prestigioso Santa Fe se convirtió en un barrio marginal, aislado de la ciudad pese a ubicarse en pleno centro. Aislado como quedó el museo del doctor León. Tanto que sus vecinos, pese a los años que lleva allí, no lo conocen. Suelen creer que se trata de una capilla.
Los días del Museo del Ser Humano en el espacio que ha ocupado por 42 años pueden estar por terminar. Por falta de visitantes, Melba León piensa a diario en reubicarlo en otro punto de la ciudad que no cargue el estigma del Santa Fe, aunque es precisamente ese barrio el que, a fuerza de contraste, le ha transmitido parte de su identidad. Mientras tanto se rebusca en otros oficios, como el canto o la venta de los discos de música religiosa que grabó con su grupo, el sustento del museo que tal vez tenga como pieza más valiosa, más que los fetos y las partes humanas, su impasibilidad ante la huella del tiempo que marcó al Santa Fe.

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