Revolución y turismo
Una de las sorpresas que se lleva un latinoamericano que viaja a
estudiar a universidades europeas o norteamericanas es la fascinación que
despiertan las revoluciones tercermundistas entre algunos profesores
extranjeros. En ciertas facultades, el turismo revolucionario es un clásico.
Cuando yo llegué a estudiar a la de
Políticas y Sociología en la Complutense, el destino favorito era la Venezuela
de Chávez. Grandes cartelones colgaban de las barandas de los pasillos,
anunciando viajes para ver en vivo el milagro chavista. Comparadas con esas
monótonas y somníferas jornadas en los parlamentos europeos, en Venezuela las
fuerzas de la política parecían vivas. No había funcionarios grises y
mediocres, fácilmente corruptibles, discutiendo partidas presupuestarias ni
haciendo pactos. Había visionarios que buscaban lo imposible. De un salto
bajaban el cielo a la tierra con revoluciones, y en lugar de perder el tiempo
en reformas graduales e inocuas, zas, borraban constituciones o expropiaban
multinacionales. Había antagonismos y no esa obsesión por la estabilidad
social, tan apetecible para una clase media coaccionada por los poderes
hegemónicos y la falaz tibieza del pluralismo democrático.
Pero algo ha cambiado desde 2011. El 15-M madrileño, esa movilización de
jóvenes indignados, volvió a agitar las aguas allí donde parecían dormidas. Es
curioso que esto hubiera ocurrido justo cuando Obama se acercaba a Cuba y
allanaba el terreno para lo que finalmente ocurriría: el restablecimiento de
las relaciones diplomáticas. Mientras en Europa se ponían en duda los consensos
que habían traído la paz y la prosperidad, en Cuba se preparaba el fin de la
Guerra Fría y, de paso, del largo siglo XX latinoamericano. Nicolás Maduro
quedó a la deriva, como un balsero, en su perplejidad e incompetencia, y las
Farc han perdido el horizonte al cual mirar. Es inevitable aspirar a que en
América Latina se dé un cambio de ciclo, en el que la ideología y el populismo,
desinflados por la baja del petróleo y las materias primas, den paso a la
aburrida y antiheroica política de los pactos y las negociaciones.
En Europa, en cambio, un populismo bifronte, de izquierda radical y de
ultraderecha xenófoba, se robustece a pasos acelerados. Aunque ambas cabezas
son distintas, sienten el mismo desapego hacia la Unión Europea. Bien porque
les resta soberanía a los países, porque facilita la llegada de extranjeros
indeseables o porque responde al liderazgo de esa nueva archivillana, Ángela
Merkel, que azuza los odios que el conciliador Obama ya no despierta, el
proyecto europeísta recibe ataques de líderes que quieren revivir la política
heroica, de grandes acontecimientos y antagonismo entre un ellos y un nosotros.
Desde España, con el ambivalente Podemos, europeísta y soberanista al mismo
tiempo (un imposible), hasta el Frente Nacional francés, nacionalista puro y
duro, se desconfía del proyecto que logró desactivar las pulsiones que
periódicamente desataban guerras. La Unión Europa atraviesa su peor momento.
Espero que a España, Grecia o Francia no empiecen a llegar profesores chilenos
o peruanos, de paseo, ansiosos por ver la revolución.
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